Seda, de Alessandro Baricco

Imagen de la portada del libro de Alessandro Baricco, Seda

    Aunque su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire femenino.
    Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.
    Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería.
    Hervé Joncour tenía treinta y dos años.
    Compraba y vendía.
    Gusandos de seda.

Así comienza “Seda“, del escritor italiano Alessandro Baricco. Un libro cargado de sensibilidad que huele a seda, tanto por la trama (el protagonista hace varios viajes a Japón en busca de huevos de gusanos de seda), como por los personajes (Hervé Joncour es callado, meditabundo, sosegado y sensible, como la seda; y el resto de los personajes también derrochan ese aire silencioso, cadencioso y sedoso reinante en los palacios tradicionales nipones) pero, sobre todo, por el ritmo narrativo (que se mueve entre capítulos muy breves, con párrafos iniciales y/o centrales largos y frases cortas finales; y la repetición deliberada de frases o incluso párrafos completos a lo largo del libro).

He leído algunas críticas que aluden al poco contenido del libro, pero a mí me parece que, detrás de una estética muy cuidada, se esconden una historia interesante y un mensaje de esos que conviene recordar de vez en cuando: en ocasiones, deseamos más lo foráneo por lo que tiene de exótico o inalcanzable que lo casero, aunque esto sea justamente lo que andamos buscando. Cuya segunda derivada es la que cantaba Serrat en su Lucía:

No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido,
nada más amado
que lo que perdí.

Afortunadamente, yo sé que no hay nada más bello ni más amado que lo que tengo, y por eso no lo quiero perder. Se llama Inma y hoy hace 9 años que nos casamos. Es maravilloso sentir que la vida a su lado es como la seda: valiosa, brillante y agradable a los sentidos.


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