El idioma de Dios

Me gusta la gente de mente abierta, que se cuestiona la existencia de verdades absolutas. Me gusta la gente que está dispuesta a desprenderse de su lastre cultural para así poder mirar al mundo desde otro punto de vista. Me gusta que la gente entienda que sus ideas son meras posibilidades y que las defienda con humildad y sentido del humor.

Esto hizo que hace poco tuviera uno de los traslados más agradables entre el aeropuerto de Gatwick en Londres y las oficinas que allí tiene la empresa para la que trabajo. Normalmente, los taxistas suelen ser tipos serios, más preocupados por conducir a lo Hamilton que en entablar conversación. Pero en esa ocasión se dio el caso contrario.

El taxista que me llevó ese día era un hombre de carácter tranquilo y afable, de unos 50 años. Era de origen paquistaní y estaba muy contento de haber coincido conmigo porque estaba estudiando español. Me contó que tenía unos amigos en Barcelona, pero que lo único que le enseñaron inicialmente era “Hola, culo gordo”. Más tarde coincidió con una española en la empresa en la que trabajaba en Londres antes de conseguir trabajo como taxista. Casualmente esta chica debía de tener un trasero notable y a este hombre, por agradarla, sólo se le ocurrió decirle aquellas palabras que sabía en su idioma, pero que no comprendía muy bien: “Hola, culo gordo”. Lógicamente, la española de mosqueó un poco, pero entendió que lo que le hacía falta al paquistaní era aprender español de verdad y se ofreció a ayudarle.

Así fue como empezó a estudiar nuestra lengua y, aunque aún le falta mucho para dominarla, estoy convencido de que muy pronto la sumará a la larga lista de idiomas que habla. Porque este simpático taxista hablaba urdu, hindi, árabe, finlandés, inglés, un poco de español y de francés y ahora también estaba empezando a interesarse por el chino. El urdu y el hindi, por ser los idiomas de su región de nacimiento; el árabe, por su religión (me contó que, aunque practicaba la religión islámica, él era de los musulmanes “buenos”); el finlandés, porque estuvo trabajando en Finlandia varios años; el inglés por lo mismo, y el resto por otros motivos diversos.

Me pareció que su interés por hablar otras lenguas era hasta obsesivo. Así que le pregunté por la razón que le llevaba a querer hablar tantos idiomas. Él me sonrió y me dijo:

“Verás, no sé si será posible, pero cuando me muera, me gustaría hablar con Dios, donde quiera que esté. Si finalmente consigo encontrarme con él, no querría tener un problema con el idioma, porque ¿quién sabe en qué idioma hablará Dios?

La respuesta me gustó, me sorprendió, y me dio qué pensar. Espero que a ti te suceda lo mismo ;-)


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