Esta afirmación del conocido libro de Herman Hesse me llamó mucho la atención y, tras haberle dedicado unos momentos de reflexión, creo que se le puede conceder cierto crédito.
Dentro de ese camino que he iniciado de promoción de la reflexión y del acto de pensar, una parada sugerente puede ser la que nos proporciona esta frase del novelista y ensayista francés André Maurois:
“En una discusión, lo difícil no es defender nuestra opinión, sino conocerla.”
Los padres se dividen en dos categorías: los que siguen el ‘método’ y los que no. El pediatra Carlos González (Zaragoza, 1960), fundador y presidente de la Asociación Catalana Pro Lactancia Materna (ACPAM), se ha convertido en uno de los más firmes defensores de la no utilización de técnicas para enseñar buenos hábitos de sueño a los niños. «Mis padres jamás intentaron dejarme llorar por la noche para que durmiese», alega. Sus libros -’Mi niño no me come’ (2002), ‘Bésame mucho: cómo criar a tus hijos con amor’ (2003) y ‘Un regalo para toda la vida: guía de la lactancia materna’ (2006)- han sido acogidos con fervor por buena parte de los progenitores más jóvenes. También han servido para avivar el debate sobre los ‘ingredientes’ más apropiados para criar a los hijos. ¿Hasta dónde debe llegar la libertad de los pequeños? ¿Cuándo es imprescindible imponer límites? Acaba de publicar ‘Entre tu pediatra y tú‘ (Temas de hoy), una selección de preguntas y respuestas sobre las preocupaciones cotidianas de los padres.
No sé si será por el influjo del universo galáctico de Star Wars, en el que parecen no existir países sino únicamente planetas, pero cada día que pasa, me da la sensación de que las fronteras se diluyen un poquito más y me siento más habitante de La Tierra que ciudadano español.
Se acerca el fin de año y a muchos nos da por reflexionar acerca de nuestra vida. ¿He conseguido los objetivos que me marqué a finales del año pasado? ¿Va mi vida por el camino que alguna vez tracé en sueños? ¿Soy feliz?
A veces, las respuestas a esas preguntas no son afirmativas, lo que nos sugiere que deberíamos hacer algo para enderezar nuestra existencia. Sin embargo, no es fácil saber cómo empezar, qué es lo que necesitamos cambiar; y, aún más importante, qué es lo que podemos cambiar. Vivimos enredados en una dinámica laboral, personal y social que nos arrastra y parece que no nos deja opciones. Trabajamos de lunes a viernes y desconectamos durante el fin de semana. Los períodos vacacionales se limitan a lo mismo de siempre, a lo convencional; escapar de una rutina para encontrarnos con otra; bodas, bautizos, comuniones, comidas de empresa, cenas familiares, cumpleaños, obligaciones y eventos varios….
Nos ahogamos en la corriente de lo predeterminado, de lo socialmente aceptado, de lo mayoritario. Apenas damos espacio a nuestra identidad para plantarle cara a todo aquello que no nos gusta. Pero el problema es que, muchas veces, ni siquiera sabemos lo que queremos. Creemos que queremos lo que quiere la mayoría, pero no porque hayamos reflexionado al respecto, simplemente porque nos dejamos llevar.
El próximo 24 de octubre se celebrará el Día Internacional de Acción Climática. Ante los últimos hallazgos científicos que cifran en 350 partes por millón la cantidad máxima admisible en nuestra atmósfera si queremos mantener un planeta parecido al que acogió el desarrollo de nuestra civilización, y a la proximidad de la Cumbre de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que tendrá lugar en Copenague en diciembre, millones de personas de todo el mundo se están poniendo de acuerdo para hacer una llamada de atención a los líderes políticos mundiales que pueden decidir el futuro del planeta.
Al margen de las opiniones que cada uno puede tener sobre el cambio climático, la efectividad de este tipo de campañas o el relativo poder político, no deja de asombrarme el hecho de que cada día parece más fácil movilizar a una buena parte del planeta para luchar juntos por una determinada causa.
Cada día es más fácil enfocar nuestros esfuerzos para luchar unidos por aquello que consideramos que merece la pena. Podemos usar nuestro tiempo para cambiar el mundo o pasar de todo, que es como vivir en otro mundo. Tú eliges.
¿Tiras al suelo los papeles de los caramelos, de dulces, etc.?
¿Tiras en cualquier lugar las basuras porque eres demasiado vago/a para buscar una papelera?
¿Tiras basura inconscientemente, sin reflexionar?
Si encuentras papeles por el suelo, ¿los recoges?
¿La visión de residuos tirados te molesta?
¿Estás dispuesto/a a participar en una campaña contra los residuos?
¿Vives de acuerdo con el principio de dejar un lugar más limpio de lo que lo encontraste?
Con sinceridad… ¿eres un/a cerdo/a?
El solo hecho de leer estas preguntas ya debería conducir a alguna reflexión. Lo de recoger los papeles o desperdicios que otros han tirado a alguno le sonará a ciencia ficción. Yo, en cambio, lo suelo hacer a menudo.
Por otra parte, me ha sorprendido muy gratamente la penúltima, pues habla de un principio que consideraba que casi extinguido de la sabiduría actual: dejarlo todo siempre igual o más limpio de lo que lo encontraste. Tan fácil de entender, pero tan difícil de hacer… ¿o no?
“Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo” (en inglés, “no one can do everything but you can do something“) es una frase atribuida al poeta y cantante estadounidense Gil Scott-Heron, que viene a recordarnos que, en lugar de dejarnos abatir por la inmensidad de una tarea, debemos centrarnos en lo que nosotros podemos hacer por ella.
Esta es una reflexión crucial para abordar con optimismo todas las cuestiones sociales, las cuales, obviamente, no pueden ser acometidas sin la participación de todos y que, por tanto, no están al alcance de ninguna persona en particular, sino de todos a un tiempo.
La educación, el medio ambiente, la paz o el respeto de los derechos humanos son algunas de estos asuntos en los que nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo.
Para los que, como yo, no conozcais a Gil Scott-Heron, os dejo este video titulado “Save the children” (”salvar a los niños”):
Es cierto que para aprobar estos exámenes hay que acertar el 90% de las preguntas, pero es que en una escala de 0 a 10 sólo el 47% de los conductores sacarían una nota superior a 5. Por comunidades autónomas, los madrileños nos situamos en última posición con un lamentable 4,12 de nota media:
Y, sin embargo, de un tiempo a esta parte yo venía notando una mejoría en la conducción. Percibía más respeto al volante, más respeto de las normas de tráfico y más respeto también al resto de conductores. Veía menos gente colándose cuando hay atasco (sí, ya sé que esto en otras ciudades es impensable, pero en Madrid estaba a la orden del día), veía más intermitentes correctamente utilizados, veía menos locos al volante -de esos que gustan de hacer eslalon entre los vehículos en vez de entre banderitas-,…
No sé, andaba yo con el optimismo a flor de piel y los datos de este estudio han sido como un jarro de agua fría. Así, he llegado a preguntarme si ambas cosas estarán relacionadas. ¿Qué pensáis vosotros? ¿Creéis que en vuestra ciudad se conduce cada vez mejor o cada vez peor?